jueves, 15 de febrero de 2018

Insensibilizados

Mucho se oye hablar de cómo la televisión y demás medios de comunicación, que nos bombardean con miles y miles de datos cada día, atontan la sociedad y cómo nos vuelven más sedentarios, pero creo que uno de los peores problemas que plantea el uso de estos medios sin una madurez o una moral bien formada va más allá de todo esto.

El principal inconveniente de esta sobrecarga de datos es la insensibilización de las personas. Pensamos que tenemos el control de nuestro modo de pensar pero realmente está bastante condicionado. A lo que me refiero es a que no analizamos la información que recibimos cada día. Vemos cómo mueren y cómo sufren multitud de personas al día y nos sentimos completamente indiferentes. Así sucede ante tantos crímenes, casos de violencia de género, incendios, desgracias naturales, etc.

Lo peor de este asunto es que este problema se traspasa a nuestras vidas diarias. No hablo de todas las personas pero sí de un gran número. Vemos cómo cada vez que interviene una ambulancia, un coche de policía o de bomberos siempre hay un grupo de personas observando la escena y, cuando todo acaba o algo no ha salido bien, apartan la mirada y siguen con sus vidas.

Este tipo de sucesos se ve muy bien reflejado en una de las escenas finales de la película Money Monster, donde un hombre secuestra un plató de televisión y exige que la emisión siga en directo, amenazando al presentador con un arma. Entonces los espectadores conectan ese canal únicamente para sentir el morbo que puede dar el presenciar un posible final trágico de la situación que están viviendo, y cuando todo termina se ve cómo la gente continúa con sus vidas como si nada hubiese pasado y todo siguiera bien. Me refiero justamente a este problema, que cada vez nos vamos “deshumanizando” más y dejamos de sentir empatía o pena por estos sucesos.

Con esto no quiero decir que las personas no se preocupan cuando ocurre una situación de este tipo, pero sí que deberían mirar más allá y pensar en lo sucedido y no actuar como máquinas.

Alejandro García
Bachillerato



miércoles, 31 de enero de 2018

Deus ex machina

Hola, soy el escritor de este relato y me acabo de cargar la cuarta pared. ¿Sorprendido? Pues vas a flipar con lo que viene ahora. Resulta que me perteneces. A partir de aquí todas tus acciones, todas tus creencias e incluso tus sentimientos quedan dictados por una sola persona, a saber, yo mismo, sin que haya ninguna forma de que tú puedas hacer nada para evitarlo (salvo dejar de leer, claro, pero a nadie le gusta dejar un relato a medias, ¿no?). Como sea, vamos a empezar con la historia.

Te encuentras en el Coliseo. Estás en medio de una enorme explanada de tierra rodeado por una multitud de personas que te señala y te grita. Ese de allí se parece a tu vecino de al lado, solo que más gordo y más bizco. Reconoces a algunas caras desperdigadas aquí y allá, lo cual no deja de ser lógico, ya que estás en tu ciudad natal. De pronto el público enmudece y ante ti se encuentra tu oponente. En tu vida has visto a un tío semejante, es mucho más alto que tú y por lo menos dos veces más musculoso. En el peto que lleva sobre el pecho se podría cocinar un lechón entero. Su cara cuadrada y marcada por cicatrices te mira un momento antes de correr hacia ti con los puños por delante. Asustado, alzas la guardia y esperas la embestida...

Estás sentado en una mesa de un restaurante elegante. ¿Qué? ¿Te molesta que haya cambiado de escena? Pues te fastidias, además te hubiera dado una paliza. Como sea, ante ti se encuentra una mujer. No es especialmente guapa ni especialmente inteligente, pero a ti te da igual, ya que la amas. En este momento te está contando una historia súper insulsa sobre sus andadas en la universidad, pero tú estás tan embelesado por su sonrisa que ni siquiera estás prestando atención al relato. Tras esperar a que acabe su historia, te arrodillas y después de soltar el discurso que llevas preparando toda la semana, un empalagoso recordatorio de los tres años que lleváis juntos, le pides matrimonio. Ella acepta y tú, cogiendo el anillo que llevas en el bolsillo derecho, sujetas su mano y procedes a sellar el compromiso de vuestro amor...

Te hallas a los mandos de una nave exploradora, surcando el rincón más lejano de la galaxia conocida. Sí, ya sé que he vuelto a cambiar de historia, prometo que será la última vez. En fin, llevas tiempo pilotando esa nave, tanto que ya no te sorprende ni la magnífica vista que te rodea. Es curioso cómo has cambiado desde que te alistaste en la Marina Espacial. De ese novato feliz y orgulloso de su misión queda ya poco, pues el tiempo y las calamidades te han hecho duro, un perro de presa sin nada que perder y que solo busca dinero y una cama caliente. Es por eso que elegiste esa misión: ir más allá de lo que se conoce, documentar los confines más recónditos del universo, buscar planetas habitables. La recompensa, todo lo que encuentres en el camino. Los años pasan y envejeces, comprendes que has pasado tu vida buscando un hogar y que te vas a morir sin encontrarlo. Resignado cierras los ojos esperando a la muerte.

Y eso es todo, aquí acaba tu historia. ¿Qué? ¿Que por qué he decidido acabar tu historia aquí? Porque puedo, sinceramente. ¿Preferirías otro final? Más suerte la próxima vez.

Alfonso Pizarro
Estudiante de Filología Hispánica


miércoles, 24 de enero de 2018

Una verdad desconocida

Las hojas del otoño, ya podridas,
se deslizan de un lado a otro sin sentido.
Somos nosotros: nuestro destino,
cuyas nobles y verdaderas miras,
la caótica niebla ha escondido.

¿Acaso es esto nuestra vida?
¿Acaso es llenar de podredumbre y de hastío
este pesimista e infinito vacío?
¿O es que realmente toda esta cruel angustia
es el ansia no colmada de una verdad desconocida?

Somos nosotros: somos esas hojas
que, en el triste otoño,
buscan desesperadas una alegre luz,
una primavera esperanzadora.

Ricardo Muñoz Ruiz-Dana
Bachillerato


miércoles, 17 de enero de 2018

Canon de subjetividad

Martes, 19 de septiembre de 2017, son las siete de la mañana, acabo de ver en dos días 16 horas de serie y no me arrepiento. Hoy es jueves 26 de octubre de 2017 y en apenas un mes he vuelto a ver la serie otras ocho veces, habiendo invertido aproximadamente 128 horas en esta, sin tener en cuenta el tiempo pasado en foros, ojeando noticias, leyendo fanfiction o perdiéndome en mis inquietudes sobre ella, y no me arrepiento.

¿Por qué? ¿Cómo llega algo a gustarme tanto como para rozar la obsesión? Debe haber un patrón en mis gustos. Contando las obras que realmente me han impactado, me sobran dos dedos de una mano. Dark Souls es mi videojuego favorito, al cual he dedicado más de 600 horas y al que le debo gratitud eterna por abrirme los ojos respecto a que los videojuegos son arte. El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo fue la primera película que me llevaron a ver al cine con apenas unos meses de edad, y aun sabiéndome los diálogos de memoria, cada vez que la veo el corazón me late como si la descubriera por primera vez.

La pregunta sigue taladrando mi mente… ¿Por qué? Me considero una persona dura y crítica hasta el punto de sentirme insultado por aquello que veo malo o mediocre, analizo lo que objetivamente es bueno con frialdad absoluta, y disfrutando de ello. Estas maravillas son especiales para mí porque consiguen romper mi forma de ver y entrar en mí, ponerme patas arriba y hacer que me guie por los sentimientos, apartándome del pensar. Para que pase esto deben darse situaciones muy específicas, que me dejen marcado, y si hay un elemento que es determinante son los personajes, que es conexión directa entre la realidad creada y el espectador.

Con un buen personaje creas un vínculo, empatizas con él y te dejas llevar. Esto último es muy importante para mí, ya que en la gran mayoría de ocasiones acabo viendo ese enlace como algo que se puede analizar y diseccionar, por eso me choca tanto cuando soy yo el que conecta con uno. Dark Souls está lleno de personajes asombrosos, algunos entrañables como Solaire de Astora o Siegmeyer de Catarina; otros demasiado interesantes como para pasarlos por alto como Artorias y Sif el Gran lobo gris; incluso el propio mundo, que te atrapa desde Anor Londo hasta Izalith perdida. El Señor de los Anillos es simplemente inabarcable, desde Gandalf hasta Gollum, la profundidad y complejidad de los personajes es impresionante, con algunos de los mejores arcos de personaje de todos los tiempos.

No creo ser capaz responder totalmente a la pregunta, ¿por qué me gusta tanto una cosa y no otra? Lo que tengo claro, es que se trata de una cuestión de sentimientos, ilógicos e irracionales, y precisamente eso lo hace tan especial, el no poder argumentar qué lo hace distintos… porque realmente acaba siendo irrelevante. No me importa que la gente no comparta el gusto por esas obras, que pierda noches de sueño sin motivo aparente. Lo que realmente importa es que al final del día estoy feliz de solo pensar en esa serie que se ha ganado un hueco en mi corazón.

Juan Mateos
Bachillerato


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Vis honorque

Primera línea de combate. Polvo, calor, sudor… Miles de hombres, todos iguales a ti, legionarios por todas partes. Avanzas. Aceleras el paso. El centurión os ordena que os detengáis. Esperas una orden. Ante la orden avanzáis, todos a una.

De repente miles de enemigos en frente: hoplitas cartagineses. Sus cascos relucen ante la luz que se filtra entre la polvareda. Cincuenta metros. Entre el sonido de las pisadas y el duro acero de espadas y escudos, se escucha un sonido mortal y familiar. Instintivamente levantas el escudo e inmediatamente varios dardos se clavan en él. Arrojas tu pilum y a la par los demás legionarios. Miles de silbidos se filtran en el aire con el sonido de miles de lanzas clavándose en escudos y del crujir de los huesos al contacto con el metal.

Sigues avanzando. Cinco metros. Te enzarzas en un combate a muerte con tu enemigo. Tiene rasgos iberos. Te ataca, levantas tu escudo e inmediatamente lanzas una estocada y el gladio se clava en la carne. Un soplo de aire fresco te recorre todo el cuerpo y continúas dando mandobles. Ahora un soldado de armadura romana se encuentra frente a ti pero sabes que no es un legionario. Te lanzas contra él, te esquiva y te hiere el brazo del escudo. Con un movimiento rápido logras alcanzar su yugular y, cuando éste se lleva las manos al cuello, aprovechas y le clavas la espada en su estómago, matándolo.

La adrenalina recorre tu cuerpo, pero miras tu herida. Sangre. Mucha sangre. Tu ímpetu te abandona por completo y ya tienes a otro enemigo en frente. Con las últimas fuerzas que te quedan levantas el escudo. El golpe es demasiado rotundo para tu herido brazo y lo sueltas. Las últimas energías que te quedan las utilizas para rematarlo.

Ya no puedes más, tu armadura está llena de sangre ibera, cartaginesa y la tuya propia. Te derrumbas. Tienes el sabor amargo de la sangre y el sudor en tu paladar, nublándote la mente. Te concentras y un recuerdo llega a tu memoria, tu dura niñez en las calles de Velatri, tu entrenamiento militar desde los dieciséis. Todo te sobreviene de golpe justo cuando un cartaginés se aproxima para rebanarte el cuello. Te revuelves rápido pero no lo suficiente y mueres como querías: de pie, ante tu enemigo mortal. Al menos tu sacrificio serviría de lección para tus enemigos y de ejemplo para tus aliados. Un soldado de Roma jamás muere de rodillas. Vis honorque. Fuerza y honor.

Diego Morín
Bachillerato




viernes, 10 de noviembre de 2017

El baile de las estrellas

Mientras paseo fugaz por el asfalto veo un lugar donde las estrellas parecen más cercanas, junto con las nubes, las cuales se acompasan en un baile celestial motivado por el soplo natural que culmina en una mezcla de colores, capas y sueños.

En los tonos rojizos del firmamento puedo ver al gran Helios que termina su recorrido de la bóveda terrestre, mientras Orfeo me canta una nana. Ante tal espectáculo sólo cabe la incredulidad, pero la oculto y me dejo llevar por la magia de esa amalgama de contrastes de colores, palabras, promesas que se quedan en el aire, suspiros...

Queda poco tiempo para que todo se desvanezca, muera el día y con este, mi sueño de que Saturno no se lleve este instante para siempre. Veo cómo todo muere, cómo todo se oscurece, pero también cómo crece lo que llevo dentro, el ansia de que todo se repita, la esperanza.

Rafael Álamos García
Bachillerato



martes, 31 de octubre de 2017

Márchate

Hoy me veo aquí sentado escribiendo a algo ficticio. Me encuentro escribiéndote a ti. Estoy cansado de buscarte. Estoy harto de caer en tu trampa, de resbalar, tropezar, perder el rumbo... Solo quiero que dejes tu vaivén, que no te pares a vacilar ni un momento más. Que no te vuelvas a separar de la mano que te brindé, que no te vuelvas a reducir a cenizas mientras te disfruto.

Juro haberte visto en numerosos lugares. Te recuerdo en aquel juego infantil, en la sonrisa de aquella chica, en la loca noche de bebidas en la que te desvaneciste...

¿Y sabes? Te has reído tanto de mí, me has abandonado tantas veces... Quiero que cojas tu maleta de sonrisas y te marches, no te atrevas a volver jamás. Ahora soy amigo de la tristeza, de la soledad, de la amargura. Tú ya no eres más que algo inexistente para mí, da la vuelta y marcha por tu ahora solitario camino de felicidades rotas y sonrisas obligadas.

Alberto Díaz Moreno
Bachillerato